MI PRIMERA VEZ (como copiloto)

Mi primera vez como copiloto de rallyes fue inolvidable. Parecía estar todo atado y bien atado cuando partimos de nuestra ciudad de origen hacia la ciudad en la que se iba a disputar el rally y eso nos hacía estar tranquilos. Por fin se habían solucionado los problemas de ultimísima hora de tramitar mi licencia de copiloto antes de la carrera, la inscripción, y el coche de carreras estaba en el taller preparado para cambiar la luna delantera y salir a los dos días hacia donde estábamos reconociendo los tramos.

Nada nos hacía augurar el estresante fin de semana que nos esperaba plagado de imprevistos que hicieron peligrar una y mil veces nuestra presencia en el podium de salida. Los problemillas comenzaron el mismo Miércoles por la mañana cuando fuimos a recoger los adhesivos identificadores para el coche de reconocimientos y el libro de ruta. Faltaba el resguardo del ingreso del seguro del coche; nada que no se pudiera solucionar con unas llamadas y un fax. Fácil de resolver, pero era el preludio de un sin fin de contratiempos.

Para un novato como yo era complicadillo guiarme con el libro de ruta. Casualidades de la vida llevábamos montadas en el coche de reconocimientos unas ruedas de un poco menos diámetro que las originarias del coche y se falseaban las distancias en el cuenta kilómetros (A lo largo del rally me consolé al darme cuenta de que no era el único copi que era incapaz de descifrar el itinerario en algunos puntos conflictivos.)

El primer problema al que nos enfrentamos y que hizo peligrar nuestra presencia en el rally fue el malestar generalizado que acechó a mi piloto en la primera jornada de reconocimientos. Estaba tan mal que apenas podía conducir y dictar notas en los tramos. Los enlaces los tenía que hacer yo conduciendo para que tuviera unos minutos de descanso antes del siguiente tramo. No fuimos capaces de hacer más de tres de las cuatro pasadas a cada tramo que se permitían ese año y las notas no eran lo suficientemente fiables. El piloto no era capaz de seguir mi lectura de notas a pesar de ir despacio y en menos de un kilómetro de tramo me preguntaba como podía, por lo menos tres veces, cuánto quedaba porque no podía seguir. Si a esto le añades que un accidente impedía realizar el reconocimiento de uno de los tramos, que empezó a llover, que se nos echó la noche encima y que pinchamos y esto último nos hizo perder aún más tiempo… desde luego la cosa no empezaba nada bien. Tras casi doce horas en el coche sin tener tiempo para comer y con unos entrenamientos muy poco útiles decidimos irnos a dormir. “Mañana será otro día y peor que hoy no nos puede salir”. Eso pensábamos pero el tiempo no tardó mucho en quitarnos la razón.

Tras dormir lo justo salimos hacia los reconocimientos del segundo día. Una colada en la salida de la autopista nos hizo perder tiempo y llegamos justo a la hora de comienzo de los reconocimientos con lo que renunciamos al desayuno. Nos esperaban temibles tramos de 40 km plagados de cruces bastante confusos y no podíamos guiarnos por el cuenta kilómetros para seguir la ruta porque falseaba las distancias. Y pasó lo que tenía que pasar en estas condiciones.

Nos saltamos sin darnos cuenta la intersección con una carretera que más bien parecía un camino y seguimos adelante. No íbamos del todo desconcertados porque llevábamos delante otro coche del rally y coincidía todo más o menos con el itinerario. “Cruce con Stop en ángulo recto a la derecha, un poco después un cruce cerrado con cambio de carretera a la izquierda y un comisario de carrera.” Le preguntamos si estábamos dentro del tramo y nos dijo que sí. Seguimos adelante y de repente nos encontramos de frente con Javier Azcona y con Sergio Vallejo. ¡Nos habíamos metido en otro tramo en sentido contrario y el comisario no había sido capaz de avisarnos! Mi piloto se desesperaba ante semejante situación y yo me sentía en parte culpable, aunque me consolaba saber que los que iban delante habían tenido la misma metedura de pata. Habíamos perdido mucho tiempo y estábamos nerviosos. Para rematar la faena recibimos la llamada diciendo que habían quitado la luna delantera del coche de carreras y se habían dado cuenta de que no tenían otra de ese modelo para poner. Era más que posible que después de todo, el coche no llegara a tiempo para el rally. Y en estas condiciones de estrés e incertidumbre no había quien hiciera unos reconocimientos en condiciones. Sin darnos tiempo a hacer todas las pasadas y otra vez sin apenas haber comido decidimos dar por terminada la jornada y volver a la pensión. Finalmente se solucionó el tema de la luna del coche; estaba ya de camino. Tras dos días repletos de contratiempos parecía que el Viernes iba a ser un día relajado. ¡Nada más lejos de la realidad! Lo peor estaba por llegar.

No recuerdo haber roto ningún espejo, pasado por debajo de una escalera, ni haber visto pasar ningún gato negro, pero todo lo que nos estaba pasando no era normal. Por lo menos no todas las desgracias juntas.

El Viernes parecía “a priori” un día tranquilo. Había que llevar el coche a las verificaciones de la copa monomarca en la que participábamos a casi 80km de la ciudad en la que se disputaba el rally. De paso aprovecharíamos para dejar el coche de alquiler en la estación del tren de esa misma ciudad. Yo iba de guía por delante por la autopista porque íbamos con dos coches diferentes cuando de repente la Guardia Civil me deja pasar a mí y no a la furgoneta con el coche de competición en el remolque que llevaba el piloto. Por lo visto querían hacerle unas “verificaciones administrativas” alternativas a las del rallye. Ahora estábamos perdidos los dos, uno por cada lado, en una ciudad desconocida con la única ayuda de un móvil casi sin batería ni saldo para comunicarnos. Por fin tras mil y una llamadas para localizarnos el uno al otro conseguimos encontrar la salida hacia el concesionario, pero un accidente con su consecuente retención de tráfico de veinte minutos nos hacía llegar con el tiempo justo a las verificaciones técnicas. Se nos acababa el tiempo para llegar a las otras verificaciones técnicas (las oficiales del rally) y hubo que tomar una decisión drástica. Él se iba con la furgoneta y el coche de competición a las verificaciones (dudábamos de que llegara en el plazo horario fijado por la organización) y yo me quedaba “a la aventura” en aquella ciudad totalmente desconocida para mí (y entonces no había GPS) para devolver el coche de alquiler. Otra vez veíamos como se ponía muy cuesta arriba nuestra participación en el rally. Imaginaos la situación: Capital de provincia 19,45h; yo con el coche de alquiler en una ciudad grande y desconocida para mí, buscando desesperadamente el parking donde se dejan estos coches en la estación del tren, sabiendo que la recepción cerraba a las 20h y sin saber todavía si íbamos a poder tomar la salida en el rally. 19,55h – Por fin encuentro la estación. La veo; la tengo ahí a 100 metros. “¡Maldito atasco! ¡Que no llego!”. Tras 20 minutos de atasco llego tarde a las oficinas, pero como por lo que he podido comprobar “Dios existe y aprieta, pero no ahoga”, coincide que una empleada abre otra vez las oficinas para recoger algo olvidado y me deja devolver los papeles y las llaves del coche aun cuando ya habían cerrado. Ahora me tenía que buscar la vida para volver a la ciudad de la que partía el rally y el autobús era un buen medio de transporte.

Por la noche me enteré de que el piloto había llegado por los pelos a las verificaciones y que estábamos en la lista oficial de inscritos (debió verificar a la vez que Puras que verificaba el último con el dorsal nº1. ¡Ufffff! El estrés de estos últimos días me ha quitado tres años de vida).

Y llega el día de la carrera. Nos levantamos temprano y nos vamos a dar una vueltilla para rodar y desperezar el coche de competición. A la vuelta paramos en un hipermercado a comprar algo de comer para las asistencias del rally y una pila para los interfonos del casco. Llevamos el tiempo más o menos ajustado cuando vamos a arrancar el coche para ir al podium de salida y… “¡Qué pasa!!, ¿no arranca?!, ¡trata de arrancarloooo!, ¡Trata de arrancarlo, por Dios!”. Nos habíamos quedado sin gasolina y no íbamos a llegar a la salida. Estaba todo perdido. ¿Todo? No. Pudimos contactar con los mecánicos de la asistencia. “Mira!!, no te lo vas a creer. Nos pasa que…”. Nos trajeron a toda prisa una lata de gasolina. ¡Corre que no llegamos!

De camino al parque cerrado de salida nos vamos riendo. ¿Qué más nos podía pasar?. Después de tantas desgracias seguro que nos salía un rallye cojonudo.

¡Por fin nos dan la salida!

Al final conseguimos llegar a la meta que era lo importante; un quinto puesto dentro de nuestra copa monomarca era un buen resultado después de todo lo que nos había pasado y estábamos contentos pero muy cansados; agotados.

Yo (debutante en esto del copilotaje)  preguntaba a los compañeros de profesión si todos los rallyes eran tan duros. Ellos coincidían en que éste lo había sido especialmente. Y es que… debutar en Las Ventas y con Miuras… En fin, al final no nos dieron las dos orejas y el rabo pero hubo ovación y vuelta al ruedo. Al final contento. Ahora tocaba recuperar el ritmo alimenticio y de sueño perdido y… hasta el siguiente rally.

Todo esto me ha enseñado que un rally no es sólo ir de fin de semana a un sitio más o menos turístico a pasar un buen rato haciendo algo que te gusta. Sólo para llegar a la salida hay que solucionar una cantidad increíble de imprevistos.

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